Las caras de la luna son dos.

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Llega el invierno al hemisferio sur y con él muchas cosas: ganas de estar en casa, tomar café con leche, encerrarse, resguardarse y conectarse con uno.

Si es la primera vez que visitas mi sitio te recomiendo leer la sección “motivación”, que está escrita por mi en primera persona, en base a pensamientos producto de vivencias.

Con el invierno aparece la otra cara de mi luna: la depresiva. Existe algo que se llama “depresión estacional”, calculo que sería la forma que utiliza la psicología para explicar nuestro desgano ante los días más cortos, menos horas de luz y clima bastante frío.

Personalmente este encierro al que me invita el invierno me baja a tierra, soy muy intensa, vivo todo con intensidad… mis días empiezan y terminan en un abrir y cerrar de ojos. Río con ganas, como con gusto, duermo bastante (y me encanta), entreno hasta que me duela, amo con locura, quiero a la gente que quiero de una forma tan fuerte que a veces me duele el pecho y quisiera arrancarme el corazón y dejar de sentir tanta intensidad en todo. El verano, el sol, los días largos me llevan a trabajar mucho, a salir mucho, a caminar, a nadar, a sentirme más viva que nunca… el invierno me mete para adentro; y, soy tan intensa, y vivo todo tan intenso; que necesito vivir el invierno muy atenta a mis emociones para no caer en el vicio del depresivo: sentirme triste.

No digo que este mal sentirse triste o desganado… pero, si leen “sobre la depresión”, “Geno Balboa”, “confesiones de invierno”… sabrán que a esta altura de mi vida no me permito dejarme caer.

La depresión es una enfermedad que requiere tratamiento médico, pero luego de 20 años de terapia, también aprendes a fortalecerte frente a los síntomas. Hace 12 años, 4 meses y 25 días estuve internada en cuidados intensivos al borde de la muerte. Los motivos los sabrán en otro post. Pero solo puedo decir que estuve ahí por mi culpa. Y cuando fui consciente de dónde estaba, de porqué estaba ahí… de quienes me esperaban afuera… fui consciente por primera vez en mis 22 años de lo importante que era mi vida. Era importante, en verdad yo significaba mucho para la gente que estaba afuera de esa sala rezando por mi (vengo de una familia muy católica).

Afuera de esa sala había una montaña de gente llorando, rezando, pidiendo a quien sea que mi vida no se termine. Yo no lo supe hasta tiempo después, cuando fui hablando con todos mis familiares, amigos y mi querido papachongo… quien fue el que me salvó la vida en esa (y muchas otras) oportunidades.

Cuando pasaron los días y me dieron el alta, fui al sur a casa de mis papás a pasar unos meses contenida por mi familia y digamos que mi familia no es muy abierta al diálogo… así que, si bien sabia la preocupación de todos ellos: no lo hablamos. Todos parecían asustados de hablar del tema y revivir todo. Efectivamente cuando hablo del tema siento que revivo alguna parte… sólo por unos instantes recuerdo lo que es sentirse muerto.

Y en ese preciso instante en el que recuerdo lo que es sentirse muerto; me pego un cachetazo virtual y me “espabilo”, me recuerdo que estoy viva! Y me digo a mi misma una frase muy típica chilena “hay que pasar agosto”… y es que, al parecer, no solo los depresivos nos ponemos melancólicos en invierno, al parecer mueren más personas durante el invierno (creo que por el frío, no voy a mentir).

Así es, hay que pasar Agosto… hay que pasar estos meses de encierro para reflexionar qué es lo que queremos, y cómo seguir con nuestro camino… el encierro nos permite eso: reflexionar.

Personalmente ese verano de 2006 donde tenía que darme motivos para estar viva descubrí algo que aprovecho hacer durante el invierno: cocinar.

Cocinar es algo que me conecta con algo de mi que amo, y eso me revive cada vez que logro un plato rico. Cuando me festejan lo que salió de ese encierro, la receta, sea en casa o cuando la comparto a través del blog o las redes sociales… mi parte favorita florece, me siento más viva que nunca y le recuerdo a mi melancolía que, además de la intensidad de mis amores, de la intensidad de mis risas, de mi Geno intensa… está ahí, descansando durante el verano la Geno reflexiva, la que transmite su energía en la cocina, la que piensa que el mundo anda mal, la que llora por ver perros en la calle, la que llora cuando escucha la historia de un niño luchando por su vida… la que llora cuando se atrevió a decir una verdad y el resto del mundo mira hacia otro lado, sin escuchar.

El invierno me encierra en la cocina, y la cocina me protege de esa otra cara de mi luna; la melancolía. La cocina y el invierno me recuerdan que estoy viva… PUTA QUE VALE LA PENA ESTAR VIVO!!!

 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Vivi dice:

    Que impresionante leer esto, me pasa lo mismo que dices en invierno; el frio y los días nublados absorven todas mis ganas de hacer cosas. No soy y nunca he sido depresiva, espero no llegar a ello tampoco. Pero me sentí realmente identificada con lo que has escrito. No queda otra que dejar las ganas de hacer nada por hacer las cosas nada más. Cariños!!

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