Julio 2026
Un cuerpo que vuelvo a reconocer
A los 38 empecé a tener síntomas de perimenopausia y los pasé por alto: los tapé con pastillas y seguí adelante. A los 40 noté que mantener mi peso me costaba más que antes. Y aunque toda la evidencia sugería que debía tomarme muy en serio el consumo de proteínas y el entrenamiento de fuerza, lo intentaba y me frustraba rápido: llegar a los 2 gramos de proteína por kilo de peso que necesito en esta etapa para mantener el músculo no es fácil — menos cuando te gustan las cosas dulces, que o vienen cargadas de carbohidratos o, en su versión keto, de grasa.
Así estuve, intentando sin comprometerme de verdad, hasta que en el verano mis hormonas terminaron de desalinearse y llegaron los síntomas severos: hinchazón, calores, un malestar psíquico muy fuerte y la famosa niebla mental, que en mi caso se confunde con mi TDAH. Consulté a varios médicos — deportólogo, nutricionista y una ginecóloga especializada en climaterio — y ahí entendí algo importante.
A los 13 años, cuando llegó mi primera regla, la tomé como algo que simplemente pasa y no le di mayor importancia. Con los años aprendí que cada semana del ciclo el cuerpo tiene requerimientos distintos, tanto de ejercicio como de alimentación, y que el síndrome premenstrual no es una enfermedad mental sino un estadio transitorio. Ahora me tocaba aprender lo mismo otra vez: estaba en una nueva etapa hormonal y debía usar toda esa información a mi favor.
Me propuse ser disciplinada con el ejercicio de fuerza: tres días a la semana levanto peso, lo suficiente como para no llegar a las diez repeticiones. Me tomé mi alimentación como una responsabilidad de adulta: así como en el embarazo acepté que ciertos nutrientes no eran negociables, acepté que la proteína, la creatina, la fibra y los antioxidantes son indispensables en esta etapa. Acepté también la terapia de hormonas que me indicó mi médica, acompañándola desde la cocina, favoreciendo la producción natural de estrógenos.
Hoy, seis meses después de tomar esa determinación, empiezo a sentir — y a ver en el espejo — un cuerpo que se parece más al que reconozco como propio.
Julio 2026
Por qué dejé las redes sociales (y qué gané a cambio)
Durante años pensé que sin redes sociales mi trabajo no existía. Que si una receta no se publicaba, no contaba. Hasta que noté que pasaba más tiempo fotografiando platos que probándolos, y más tiempo respondiendo comentarios que conversando de verdad.
Este sitio es mi respuesta: un lugar tranquilo, sin algoritmos ni notificaciones, donde quien llega es porque quiso llegar. Si algo de lo que hago te resuena, escríbeme. Leo y respondo cada mensaje, con calma y con nombre propio.
Junio 2026
Cocinar lento en tiempos rápidos
Una sopa de lentejas no se puede apurar. Y en esa espera obligada — mientras la olla hace lo suyo — pasa algo valioso: uno se queda quieto, huele, prueba, corrige. Cocinar lento es una forma silenciosa de resistir la prisa.
En mis clases insisto en esto más que en cualquier técnica: el ingrediente principal de la cocina saludable no es la quinoa ni el kale. Es el tiempo que decidimos regalarle.
Mayo 2026
La receta no es el punto
Me escriben seguido pidiendo cantidades exactas: ¿cuántos gramos?, ¿cuántos minutos? Y las doy, por supuesto. Pero la cocina que me interesa enseñar es la que se libera de la receta: la que mira lo que hay en la despensa y confía.
Mi meta con cada alumna es que llegue el día en que ya no me necesite. Que abra el refrigerador un martes cualquiera y sepa qué hacer. Ese día, la clase habrá funcionado.